Era un lunes de agosto, un día muy soleado por cierto. Era la segunda vez que estaba allí y estaba ansiosa de conocer más de ese emblemático lugar. Sí es curioso que yo, una paisa de nacimiento y que ha vivido en esta ciudad desde hace 21 años, desconociera los orígenes de ese lugar que siempre contemplaba a través de las grandes ventanas del Metro, al llegar a la estación Caribe.

Conocer Moravia, me convirtió en niña otra vez. Todo era nuevo y sorprendente a través de mis ojos. Era inevitable no contagiarse de las risas de los niños que corrían felices hacía sus escuelas; de repente ellos detuvieron su “maratón”, emocionados al ver que nosotros, extranjeros para ellos, llegamos a visitar, a conocer su montaña de flores.

Cuando comienzas a caminar por Moravia, resulta inevitable no llegar a las escaleras de madera, hechas por las manos de sus habitantes y al parecer infinitas, pero que te llevan a la cima. Es allí donde comienza la magia, esa que solo surge ante lo desconocido y fascinante. A medida que se avanza por las escaleras, se puede observar ese pequeño mundo de flores multicolores que evocan el espíritu y personalidad de las personas de allí.

Al terminar de subir y de hacer distintas pausas en el camino, pues el cuerpo afectado por el fuerte sol te lo exige; me encontré con una obra de arte hecha de basura: vidrios, latas, plásticos, cartón, y demás, que antes formaban parte de su realidad, y que hoy les recuerda a sus amigos, su primer amor, el crecimiento de sus hijos e inclusive lo que la violencia les arrebató.

El morro de Moravia, basurero para los ciudadanos y esperanza para los desplazados, quienes luego de ser despojados de sus fincas, casas y todas sus pertenencias en distintos pueblos de Antioquia y hasta del Chocó, lograron construir un hogar, crear una familia y pertenecer a una comunidad que lograría años después trasformar cada basura en una flor.

Jardineras

Jardineras de MoraviaTenía como objetivo hablar de nuevo con Ana Lucía, una de las pioneras de la Corporación de Jardineras, Cojardicom. Líder ambiental y habitante de Moravia desde hace 20 años, ella una mujer amante de su trabajo y de la trasformación de su Moravia como lo llama con cariño. Sincera, luchadora, “una berraca”, como diríamos en Antioquia; Es de tez morena, tal vez quemada por el sol, de quien trabaja en la tierra; tenía el cabello recogido y una “diadema” sencilla como ella, su piel limpia, ojos color miel, llenos de esperanza y alegría. Tenía la

camiseta de la Coporación, un legging de color azul claro, y unas sandalias llenas de tierra al igual que los dedos de sus pies.

“Para nosotras es un sueño, poder apostarle a la paz y a la convivencia. Tener un espacio para el disfrute de encuentros culturales y ambientales. Es fascinante que los niños puedan aprender en el morro de las plantas y las mariposas; ser promotoras de una pedagogía práctica”, afirmó Ana Lucía en nombre de todas las jardineras.

Era lunes en la mañana, alrededor de las 8:10, comencé a buscar cerca del inmenso vivero a Ana Lucía, quien al parecer tenía el día libre; de repente me encontré con cuatro mujeres de diferentes edades y acentos, pero unidas por una historia en torno a Moravia y las Jardineras. Ellas estaban charlando sobre su fin de semana, mientras sembraban, regaban y reubicaban plantas, e inclusive levantando bultos de aproximados 40 kilos.

Me senté en un banquito a verlas, a admirar un trabajo que parece simple pero que es digno de respeto y admiración; a reconocer las caras detrás de esa obra de arte que siempre solía admirar desde lo lejos, desde el metro. Estaba ansiosa, esperando a que fueran las 9 de la mañana, la hora del desayuno. De un momento a otro soltaron sus herramientas y se acercaron a mí, me invitaron a desayunar.

Era un ambiente muy pintoresco y cálido. Me resultaba muy entretenido oír la forma en que algunas se expresaban, sus conversaciones sobre relaciones, trabajo, hijos y hasta borracheras. Al pasar de unos minutos me quedé a solas con Elsy Torraglosa, en el cuarto donde guardan sus herramientas, y donde se disponen a desayunar. Ella sacó de su bolso un taco de galletas y un chocolate hecho por ella, simultáneamente yo destapé unas galletas integrales. Elsy comenzó a hablar, evidentemente su origen no era paisa, era una de las desplazadas del Chocó.

Ella es sencilla, amable y humilde; de piel morena, cabello castaño oscuro y acento sabrosón. Es madre cabeza de familia, residente de Moravia desde hace 26 años. Elsy una “rebuscadora”, ha trabajado en “todo”, pues ha tenido tiendas, ha viajado en busca de nuevas oportunidades e inclusive vendiendo productos del exterior. En Moravia formó y vio crecer a sus hijos quienes ahora son profesionales, consiguió su hogar, perdió a su hermana en épocas de conflicto armado y ahora le apuesta a su profesión como jardinera y líder comunitaria.

Los caminos de Moravia

Caminar por el morro y sus alrededores es contagiarse de sus culturas, su carisma, sus flores y grafitis. En la cima del morro todo es tranquilidad, un lugar

propicio para entrar en contacto con la naturaleza y para disfrutar del silencio, el cual desconocemos todos aquellos que vivimos en otros barrios de la ciudad. Desde allá arriba y detrás de lo que parece ser solo flores, se puede observar todo el occidente de Medellín, el metro, las rutas de buses, el Hospital Pablo Tobón Uribe, la Terminal del Norte, y demás. Pareciera como sí por un momento fuera posible quitarle el sonido a la ciudad, y solo mirarla, contemplarla.

En la mañana se pueden observar las personas en el parque jugando cartas, dominó o tomándose un tinto; se observan a otros tertuliando; hay niños por todas partes, y personas que salen hacia sus trabajos.

Pasaron las horas, y ya eran las 2:30 de la tarde el flujo del barrio creció, es como si fuera la mejor hora para salir. Todas las calles estaban ambientadas por música de todo tipo, podías pasar de escuchar reggaetón a salsa; las personas sacaban sus muebles a las aceras para comadrear con sus vecinos. Las calles llenas de negocios comerciales, pollerías, comidas rápidas, tiendas en exceso. “Tiendas del peluquero”, charcuterías y demás, comenzaban a abrir sus puertas; y los jóvenes en moto comenzaban a pasearse por las calles, aumentando el ruido.

Moravia es una mezcla de un pasado marcado por la basura y los olores fétidos que provocaba el olvido en que se encontraba; la unión de una comunidad de líderes que ha construido todo lo que es este barrio hoy, un lugar marcado por su historia pero también por la perseverancia y una cultura arrolladora. Moravia es esperanza, ellos son las flores que crecen y se fortalecen entre una montaña de basura.